“Tengo
una soledad / tan concurrida / que puedo organizarla / como una procesión / por
colores / tamaños / y promesas / por época / por tacto / y por sabor” versaba
Benedetti en Rostro de vos. Y a medida que el tiempo que ya no compartimos
juntos, me invita a viajar para recorrer mi propia historia, me doy más razones
y momentos en los que tampoco estuviste. Igual que hoy.
El
primer ejemplo que me viene a la mente es cuando me hice el test de embarazo
que me confirmaría la llegada de nuestro segundo hijo. Eran las a las 6 de la
mañana, no había dormido mucho por los nervios, pero tenía que hacérmelo…
porque a las 7 salía para dar clases a Pilar. Sola. Sin siquiera tener a
alguien del otro lado de la puerta del baño. Respiré hondo y lo vi.
Completamente sola contemplé esas dos rayitas. Con la noticia se me hizo un
nudo en la garganta y… tuve que entender que estabas muy dormido para
emocionarte y abrazarme. Sola. Como cada análisis de sangre que tenía que pedir
que me hicieran la extracción acostada en la camilla, porque me desmayaba. O
cuando me dieron el título de profesora, que… claro… por ser el tercero, no te
pareció ni importante para compartirlo en el face con tu familia y amigos. Aunque sí compartas los 3 kilómetros que
corriste.
Sola.
Vulnerable y triste como aquella madrugada en que viaje apenas acompañada por
un médico en una ambulancia por un ataque de vértigo. Mbue, al menos esa noche
la razón fue cuidar al pequeño de 2 años que dormía. No te puedo explicar la
inmensa soledad de despertarse con suero en una guardia… queriendo saber qué
tengo y qué hago, sin poder moverte de la cama.
O
cuando me publicaron mi primer cuento, que tuve que pedir que algún solidario
desconocido me sacara una foto; otros tantos me feliciten y los presentadores
me abracen… porque no había ni con quien salir a festejar después de la
presentación del libro. Sola. Infinitamente sola. Como tantas tardes de lluvia
que mientras llegaba tarde a buscar a los nenes al cole… imaginaba cómo
conseguir un taxi, lidiar con dos nenes, pilotos, paraguas y mochilas. Porque
vos no podías perder tanto tiempo de trabajo para irnos a buscar.
¿Qué
fue de aquel joven que me acompañaba cada noche a casa aunque tuviera que
tomarse dos taxis para volver? ¿Qué le pasó a ese hombre que visitaba mi
departamento cuando yo estaba de viaje porque me extrañaba tanto que le servía
al menos estar con mis cosas?
¿Qué
separa a la independencia o libertad de la indiferencia? ¿Te doy tanta libertad
que ni sé lo que estás bien, mal, deprimida? Ya se le va a pasar- habrás
pensado… porque a mi además de acusarme como a toda mujer de complicada y
enroscada, se me acusaba de ciclotímica.
A
vos: Gracias. Muchísimas gracias. Enormemente gracias. Gracias a tu no accionar
aprendí a hacer todo yo. A valerme por mí. A quererme. A saber de todo lo que
soy capaz de hacer, pensar y sentir. Todas las herramientas con las que cuento
y a quienes puedo recurrir cuando necesito ayuda de verdad.
Cuando te fuiste pensé que no iba a poder yo SOLA. Pero ya ves…

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